
Diversas investigaciones han mostrado que sumergirse en agua fría produce un aumento significativo en los niveles de dopamina.
Se calcula que esta práctica puede incrementar este neurotransmisor hasta un 250% por encima del nivel habitual, especialmente cuando la exposición dura entre 1 y 3 minutos.
Este dato ha generado un gran interés tanto en la ciencia como en el campo del bienestar.
El efecto no es únicamente momentáneo, pues los niveles elevados pueden mantenerse durante varias horas después de la inmersión.
El proceso implica la activación del sistema nervioso simpático, lo que provoca la liberación de sustancias como dopamina y noradrenalina, esta última con incrementos registrados de hasta un 530%.
Además del impacto en los neurotransmisores, los baños de agua fría se relacionan con otros beneficios, como mayor tolerancia al estrés, mejor flujo sanguíneo, disminución de la inflamación y alivio del dolor muscular.
La práctica se ha popularizado gracias a neurocientíficos y especialistas en salud que resaltan su potencial para mejorar el ánimo y el funcionamiento del cerebro.