
Las tres posibilidades de la existencia
El origen del universo: En la existencia solamente hay tres opciones, y cada una es más aterradora que la anterior. La primera: que el universo fue creado. Por algo, por alguien, que hubo una conciencia, una energía o un poder que fue capaz de crear la primera chispa con la que todo inició. Un antes que decidió que hubiera un después.
Si eso es cierto, entonces tú, yo, todo lo que existe —el amor, el tiempo, el espacio— fue creado a través de un diseño. Lo que significa que no somos una casualidad, sino parte de un plan.
Y todavía no sabemos quién o qué, pero lo más perturbador es que si alguien o algo nos creó o lo creó todo, ese algo o alguien también fue creado… o simplemente ya existía. Esa es una de las mayores creencias dentro de la religión católica: algo que no podemos explicar y entonces le ponemos palabras exóticas como omnipresencia u omnipotencia.
“Siempre existió, siempre va a existir” —decimos— porque es algo que se sale de nuestro entendimiento. Lo cual nos deja exactamente con la misma incógnita: pensar o creer que algo existe desde antes de que existiera nada y que nada lo creó porque él mismo siempre ha existido. Eso realmente rompe la cabeza.
1. La creación
La primera posibilidad es que el universo fue creado. Que hubo un acto de voluntad, una mente o energía que decidió que existiera algo. Si eso es verdad, entonces cada cosa tiene propósito, incluso nosotros.
2. La autocreación
La segunda opción es que el universo se creó a sí mismo. Que de la nada, literalmente de la nada, todo surgió: energía, materia, espacio, tiempo… sin creación, sin creador, sin motivo, sin causa.
La nada explotando en todo. Un vacío generando existencia. Un milagro sin manos, una ecuación imposible pero real. Si eso fuera cierto, el universo no necesitó de nadie. Y muchos científicos y ateos creen esto, como si la nada tuviera de repente un impulso por ser algo, lo cual también es impensable.
3. La eternidad
Y la tercera opción, quizá la más inquietante, dice que el universo ha existido siempre. Que nunca comenzó, que nunca hubo un primer día ni un primer segundo. Que el tiempo es un círculo infinito repitiéndose sobre sí mismo, sin un principio ni un final.
Como dice la frase: “Nada se crea ni se destruye, todo se transforma.” Tal vez tu alma, tu energía, tu conciencia, en realidad no nacieron, solo cambiaron de forma.
“Si el universo nunca inició, lo más probable es que tampoco nunca termine.”
Porque para que algo tenga principio tendría que tener fin, y para que algo tenga fin tendría que tener principio. Lo que implica que estamos atrapados en una danza eterna de inicio y destrucción, de olvido y memoria.
Las teorías actuales parecen mezclar estas ideas: el Big Bang propone un principio, pero las leyes de la física dicen que nada se crea ni se destruye. Cuando la ciencia no puede explicar algo, la mente humana crea dioses para llenar el vacío. Porque no darle explicación a algo tan básico como la existencia nos hace sentir vulnerables.
Sea cual sea tu postura —religiosa, espiritual, científica o escéptica—, ninguna de las tres opciones es fácil de aceptar. Porque todas plantean el mismo misterio: ¿por qué existe algo en lugar de nada?
“Somos una chispa de conciencia en medio de un océano infinito de silencio.”
Quizá la conciencia es ese puente entre la nada y el todo. Tal vez no somos el resultado del universo, sino su razón de ser. Porque la simple capacidad de cuestionarnos ya es una de las maravillas más grandes de la existencia.
Así que la próxima vez que mires las estrellas, recuerda esto: no importa cuál de las tres opciones sea cierta. Lo asombroso es que tengas la libertad de elegir en qué creer y la conciencia de saber que existes. Eso, por sí solo, ya es un milagro.