El salón de belleza que Morena escondía en el Senado

La política mexicana nunca decepciona cuando se trata de contradicciones, pero lo del salón de belleza clandestino en el Senado ya entra en la categoría de tragicomedia nacional. De esas historias que, si no fueran reales, parecerían sketch.
Resulta que mientras Morena y sus aliados se llenan la boca hablando de austeridad, sacrificios y de que “ya no son como antes”, dentro del Senado operaba desde hace casi un año una estética bien discreta, calladita, sin letreros y sin ruido. Tan discreta que solo la prensa podía encontrarla… y lo hizo.
Los compañeros de Latinus llegaron y ¡zas!, se toparon con la escena perfecta: una senadora del Partido Verde, Juanita Guerra, en plena sesión legislativa… pero también en plena sesión de tinte. Con el producto en la cabeza, sentada como si nada, en horario laboral. Porque claro, gobernar el país cansa, pero verse presentable es prioridad.
Cuando el reportero Jorge Monroy le preguntó desde cuándo existía ese servicio, vino el momento incómodo del día. La senadora, visiblemente nerviosa, empezó con el clásico “¿cuál servicio?”, “¿cómo?”, “¿tinte?”, “yo no me hago tinte”. Todo esto, repito, con tinte en la cabeza. Una escena digna de antología.
Luego, ya sin muchas opciones, terminó admitiendo que el lugar llevaba casi un año funcionando y que estaba “a disposición del personal de la Cámara”. Eso sí, aclaró que tiene costo y que cada legisladora paga lo suyo. Faltaba más.
La famosa estética de la austeridad está ubicada en el segundo piso de la torre del hemiciclo del Senado. A simple vista parece una oficina más, sin rótulos ni anuncios. Antes ese espacio lo ocupaba la Comisión Federal de Electricidad. Ahora, mágicamente, se transformó en un salón de belleza con dos espejos, áreas para maquillaje y peinado, y un horario bastante cómodo: de 7 de la mañana a 2 de la tarde, pero solo los días que hay sesión del pleno. Qué coincidencia.
Y ojo, esta no es la primera vez que pasa algo así. Entre 2015 y 2018, cuando el PRI mandaba y Emilio Gamboa presidía la JUCOPO, también existía un salón de belleza en el Senado. En aquel entonces, Morena —recién llegada con la aplanadora de López Obrador— lo cerró en nombre de la austeridad, diciendo que era frívolo, innecesario y una burla para la gente.
Pero como suele pasar, lo que ayer era pecado, hoy es necesidad.
La presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo, salió a dar la cara… más o menos. Primero aceptó que sabía del servicio y hasta confesó que era clienta. Luego vino la justificación: que algunas senadoras llegan muy temprano desde sus estados, que deben verse presentables, que no es nada fuera de lo normal. Incluso defendió el trabajo de la maquillista y peinadora, asegurando que es un “trabajo digno”. Nadie dijo que no lo fuera, pero el punto no iba por ahí.

También aseguró que no se usan recursos públicos y que cada quien paga su tinte, su peinado o lo que se haga. Y remató diciendo que el salón se reactivó a petición de la mayoría de las legisladoras, aunque versiones internas señalan que Andrea Chávez fue quien empujó la reapertura.
Hasta ahí, el discurso oficial.
Pero entonces pasó lo mejor: minutos después de que el reportaje se hiciera público, el lugar fue “clausurado”. No con sellos espectaculares ni comunicados formales, no. Le pegaron cuatro estampillas blancas, chiquitas, con la fecha del 4 de febrero y la leyenda de la Cámara de Senadores y Resguardo Parlamentario. Como si eso fuera suficiente para borrar el problema… y de paso, cerrar el paso a la prensa.

Y aquí viene la pregunta obligada:
Si no había nada de malo, ¿por qué lo cerraron corriendo?
El tema de fondo no es el tinte, ni el maquillaje, ni si las senadoras deben verse bien. El verdadero problema es el doble discurso, la doble moral. En 2018 lo cerraron porque “la gente ya no quiere ver lujos”. En 2026 lo reabren, pero en silencio, sin avisar, esperando que nadie se dé cuenta.
Es exactamente lo mismo que ha pasado con otros temas: camionetas, privilegios, comodidades. Cambian los colores, cambian los discursos, pero las mañas se reciclan.
Lo único rescatable de toda esta historia es que, una vez más, la prensa hizo su trabajo. Preguntó, incomodó y mostró lo que se quería mantener oculto. Porque si no fuera por los reporteros, esa estética seguiría funcionando, peinando la austeridad… pero a puerta cerrada.
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